Avalanchas, sismos y sana distancia.

Jueves 2 de abril de 2020.

Día 13 de Confinamiento. undefined

El día 12 de este confinamiento fue particularmente extraño. Un día en el que solo quise trabajar en lo básico para responder a mis obligaciones de la Universidad. Experimenté esa sensación de aburrimiento en la que uno se ve repitiendo todo de igual manera a los días anteriores. Hice sudado de pollo pero no me supo rico. No hubo grandes conversaciones a través del WhatsApp. Fue el día en el que en Colombia sobrepasamos las 1000 personas confirmadas con el virus COVID-19. Como siempre esa confirmación solo nos ha venido hablando de un subregistro. He procurado que en todo el día no haya platos sucios. Al menos eso, ya que la energía no me da para más. https://colombia.as.com/colombia/2020/04/02/tikitakas/1585826167_877703.html

Abril abre movidito y ante la premisa “Quédate en casa”, la naturaleza no detiene su ritmo. Ha temblado. No lo he sentido. He apuntado en mi agenda cada día que llevo desde que todo esto empezó. Incluso los días anteriores cuando atisbé con profunda tristeza que mi vida como la conocía ya no iba a poder ser más.  Para mí, porque para cada uno ocurrió en momentos distintos antes del confinamiento obligado, todo empezó en la mañana del sábado 14 de marzo. Día en el que decidí no ir a la peluquería, no hacerme las uñas y no asistir a la celebración del cumpleaños del hijo de una de mi compañera de viajes recientes, de marchas, series y vida universitaria en el pregrado. Ese día empecé a experimentar el miedo al contagio.

Recuerdo que el viernes antes de que empezara el segundo toque  de queda para Cali, en menos de cuatro meses,  observé con incredulidad  lo que antes era una constante.  Las mesas atiborradas de comensales en Unicentro habían sido retiradas en su mayoría  y distanciadas las restantes para conservar una nueva norma entre nosotros, la del distanciamiento social. En México, el gobierno la llamó “sana distancia” y eso ha tenido unas consecuencias negativas. Todo este  gesto, que es ante todo físico, me hizo sentir que me enfrentaba a algo que nunca había vivido. Ni siquiera era parecido como cuando a mis 13 años intentaba lidiar con el barro que me llegaba hasta mis rodillas y me abría paso por el pueblo de mi infancia que había sido arropado completamente por una avalancha de agua, piedra y barro. En medio del estupor de verme atrapado en barro,  hice todo para llegar a casa. Este nuevo estupor me ha llevado por lugares que no conocía para sobrevivir.

https://www.lacoladerata.co/cultura/relatos/los-recuerdos-de-un-olvido-estragos-de-la-avalancha-florida-valle-del-cauca-1994/

Ese viernes mientras caminaba apresurado hacia mi casa, antes de iniciar el confinamiento vi como Unicentro que se había obsesionado por frenar el acceso a los restaurantes caseros del barrio en el que vivo a sus trabajadores y público en general, para así vender más y más en comida, iba cerrando y distanciado sus locales. Iba reduciendo las posibilidades de gente atiborrada en gran mal de comidas. Esta era una nueva avalancha ante mis ojos.

Místika, la gata de la que hago de cuidador  desde días antes a toda esta rareza que estamos viviendo, se ha parado de su silla favorita y ha venido a regalarme sus primeros ronroneos para iniciar el día 13. Ella a veces llega a mi cama y se instala de una manera que no tengo cómo defenderme.

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